Ese algo que toca la Puerta

 



Diego Oscar Cuenca

Reflexiones sentidas

Ese algo que toca la puerta

Hay algo en nosotros que trabaja en silencio.

No sé si llamarlo profundo, porque cuando decimos “profundo”, muchas veces imaginamos

algo escondido muy adentro, como si tuviéramos que ir a buscarlo a algún lugar.

Quizás sea más sencillo que eso.

Hay algo que está ahí, pero que muchas veces no percibimos. Sin embargo, podemos

sentirlo de esa manera en que decimos:

“No sé qué es, pero hay algo.”

Algo con lo que todavía no estamos en contacto y que, sin embargo, se hace notar.

Y cuando digo “ahí”, tampoco quiero decir que esté guardado en algún lugar del cuerpo,

como si el cuerpo fuera un recipiente y eso estuviera adentro.

Está en el cuerpo, sí, pero no como algo separado de nosotros.

Es un cuerpo que está en relación con aquello que estamos viviendo.

Y acá aparece una dificultad con las palabras.

Decimos “yo y lo demás”, “yo y el mundo”, “yo y la situación”. Pero apenas lo decimos, ya

parece que hubiera un yo por un lado y algo más por otro.

Quizás sea más adecuado decir que somos interacción.

Aunque tampoco sé si esa palabra alcanza.


Porque no se trata solamente de estar en contacto con algo externo. Hay algo más difícil de

explicar: una especie de unidad que se vive antes de poder ser dicha.

Podría decirlo así:

Hay algo en mí que está ocurriendo en mi relación con lo que estoy viviendo, y todavía no

sé en qué va a convertirse.

Esto que ocurre no siempre entra del todo en los conceptos. No responde necesariamente a

las viejas formas de blanco o negro, de esto o aquello, de cuerpo o mente, de sentimiento o

razón.

Algo está ocurriendo.

Y ese algo puede estar:

Ordenando.

Empujando.

Formando.

Respondiendo.

Cuando lo miro ahora, me doy cuenta de que quizás esa manera de pensarlo tiene mucho

que ver con cómo aprendimos a pensar: separar, clasificar, ubicar las cosas para poder

comprenderlas.

Hoy lo siento diferente. No sé desde cuándo está ahí. Solo sé que ahora puedo sentirlo de

otra manera.

Y quizás por eso también empiezo a desconfiar un poco de algunas formas que tenemos de

hablar de nosotros mismos.

Por ejemplo, cuando decimos:

“Una parte de mí.”

La palabra parte puede ayudarnos.

En Focusing, a veces decimos: “hay una parte tuya que necesita atención” o “hay otra parte

que no quiere que la atiendas”.


Esa manera de hablar puede ser muy útil. Nos permite reconocer lo que está ocurriendo sin

quedar completamente tomados por la experiencia.

Pero también puede llevarnos nuevamente a separar aquello que estamos viviendo, como si

esas partes existieran por separado.

Quizás pueda decirlo de otra manera:

No es tanto que una parte mía esté así, sino que algo mío está queriendo ser y se está

mostrando de este modo.

Porque hay cosas de mí que conozco, otras que puedo nombrar, otras que apenas puedo

sentir y muchas que todavía no tienen palabras.

Y que no tengan palabras no significa que no sean mías.

Quizás no se trate de comprenderlas.

Quizás primero se trate de poder sentirlas.

A veces ese algo aparece con mucha fuerza.

Otras veces llega como un susurro.

O simplemente como esa sensación de que hay algo ahí.

Y entonces toca la puerta.

Toc, toc.

Puede aparecer como una incomodidad, un desasosiego, una sensación de no estar del todo

satisfechos.

A veces ni siquiera podemos explicar qué nos pasa.

Simplemente hay algo.

Ese algo tiene una fuerza impulsora.

Un querer-ser de algo.

A veces ese movimiento está detenido.


No sabemos por qué. O quizás sabemos algunas razones, pero hay algo que todavía no pudo

continuar.

Y aunque esté detenido, de alguna manera sigue ahí.

Toca la puerta.

Ese algo necesita ser atendido.

Pero decir “voy a atenderlo” no alcanza.

Saber que está ahí tampoco cambia demasiado las cosas.

Para atenderlo necesitamos tomarnos un tiempo.

Parar las máquinas, aunque sea un poco.

Hacer lugar.

Y acá hay algo que me resulta importante:

La máquina no se detiene por completo.

La mente sigue funcionando. Los pensamientos aparecen, las cosas pendientes siguen

existiendo, el mundo continúa.

Pero algo cambia en nuestra relación con todo eso.

Cuando podemos estar con la sensación que trae el cuerpo, comienza a abrirse un espacio

propio de la situación.

El espacio del movimiento

El espacio físico sigue estando ahí. Sigo sentado en la silla, mi cuerpo sigue ocupando ese

lugar, nada de eso desaparece.

Pero algo cambia.

Es como si apareciera otro espacio, el espacio en el que aquello que estoy viviendo puede

desplegarse, con sus matices, sus cualidades y sus propias posibilidades.

El espacio físico no desaparece; simplemente pasa a un segundo plano.

Por un momento, el espacio vivo de lo que está ocurriendo se vuelve el espacio central.


No es exactamente la mente la que abre ese espacio.

Es el estar ahí, junto a esa sensación, lo que permite que aparezca.

Y para eso hace falta presencia.

No una presencia perfecta.

No una mente completamente en silencio.

Simplemente estar ahí, tanto como podamos, con eso que está sucediendo corporalmente.

El tiempo del movimiento

Entonces ocurre algo extraño con el tiempo.

El reloj sigue andando, por supuesto.

Pero ese tiempo lineal que organiza nuestra vida cotidiana deja de ser la única medida.

La sensación corporal parece tener su propio tiempo.

Un tiempo que no podemos apurar demasiado y que tampoco podemos conocer de

antemano.

Algo puede estar ocurriendo, aunque todavía no podamos decir qué.

Y quizás ahí empieza otra manera de relacionarnos con aquello que sentimos.

No necesitamos saber todavía qué es.

Podemos acompañarlo.

Podemos dejar que las palabras vayan encontrando una forma que pueda acompañar ese

movimiento.

Entonces aparece la palabra

No solamente para nombrar lo que sentimos, sino para entrar en funcionamiento con lo que

ocurre.

Una palabra puede encajar con eso que se muestra.

Y cuando encaja, algo se mueve.


No porque hubiera estado quieto, sino porque estaba implícitamente ahí.

Aparecen nuevos movimientos, nuevas sensaciones, nuevas posibilidades de decir.

La palabra no viene simplemente después de la experiencia, como si tuviera que ponerle un

nombre a algo que ya está terminado.

La palabra puede encontrarse con eso que está ocurriendo y, al encontrarse, hacer que algo

nuevo ocurra.

Por eso quizás no necesite saber todavía qué es.

Puedo sentirlo.

Acercarme.

Prestarle atención.

Hacerle un poco de espacio.

Y dejar que aquello que está ahí pueda continuar su movimiento.

Porque cuando intento comprender demasiado pronto, vuelvo a una vieja manera de

funcionar:

ponerle un nombre,

definir,

separar,

creer que ya sé de qué se trata.

Y quizás no necesite saberlo todavía.

Eso es algo de lo que podemos aprender a través del Focusing: a detenernos lo suficiente

como para entrar en contacto con una sensación sentida, sin exigirle que se explique

inmediatamente, sin apurarla para convertirla en palabras.

No siempre es fácil.

Parar las máquinas no es fácil.

Estar presentes tampoco.


Pero se puede aprender.

Y cuando hacemos ese espacio, quizá aquello que durante tanto tiempo estuvo tocando la

puerta encuentre finalmente un lugar donde poder continuar.

Entonces algo puede comenzar a mostrarse.

No necesariamente como una respuesta.

A veces llega como una oleada repentina:

claridad,

verdad,

dirección.

Algo cambia.

Y quizás comprendemos entonces que aquello que parecía estar escondido no estaba

escondido.

Estaba viviendo.

Estaba ocurriendo en nosotros antes de que pudiéramos ponerle palabras.

Tal vez escuchar el cuerpo no sea buscar dentro de nosotros una verdad que estaba

guardada.

Tal vez sea encontrarnos con algo que ya somos y que todavía está buscando su forma.

Desde el cuerpo vivo.

Desde eso que nos habita y que nosotros también habitamos.

Algo que no necesitamos separar, explicar ni comprender por completo para poder

escucharlo.

Quizás soy también eso.

Soy todo lo que puedo reconocer y también aquello que todavía no sé reconocer.

Soy todo, hasta lo que no alcanzo a comprender.


Y tal vez eso que toca la puerta no esté pidiendo que lo descubramos.

Quizás simplemente esté pidiendo un lugar donde pueda llegar a ser.


Referencias:

Gendlin, E. T. (2012). Implicit precision. En Z. Radman (Ed.), Knowing without thinking: The

theory of the background in philosophy of mind (pp. 141–166). Palgrave Macmillan.

Gendlin, E. T. (1989). Cuerpo, Lenguaje, and Situación; por Carlos Alemany en Psicoterapia

Experiencial y Focusing, cap. 28.

Gendlin, E. T. (2013). La derivación del espacio. En Cruz-Pierre, A. y D. A. Landes (Eds.),

Explorando la obra de Edward S. Casey: Dando voz al lugar, la memoria y la imaginación.

Bloomsbury Academic.

Imagen: tomada de la web, de RF123.com.

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