No todas las caricias son físicas (y el cuerpo lo sabe)
No todas las caricias son físicas (y el cuerpo lo sabe)
Diego Cuenca
Reflexiones sentidas #1
Quiero contarte algo.
Trabajo acompañando personas. Soy counselor y utilizo una herramienta que se llama Focusing, una forma de escuchar que no se queda solo en las palabras, sino que va un poco más adentro… hacia el cuerpo, hacia esas sensaciones vagas que a veces no sabemos bien cómo explicar, pero que están ahí.
Y pasa algo muy lindo: cuando una persona se detiene a escucharse de verdad, algo empieza a aflojarse. Lo que estaba trabado se mueve. Aparecen comprensiones, alivio… y, muchas veces, una sensación de volver a uno mismo.
Escucharse sana. Ser escuchado también.
Pero hay algo más que vengo notando en todo este tiempo.
Tiene que ver con las caricias.
No solo las caricias físicas. También esas otras: las que llegan con una palabra, con un gesto, con una presencia que no invade pero está.
Las que te hacen sentir, aunque sea por un momento: “acá estoy, y alguien me ve”.
Si miro hacia atrás, me doy cuenta de que algunas caricias quedaron muy grabadas en mí.
Recuerdo una de cuando era chico. Tuve un accidente fuerte: una objeto pesado cayó sobre mi rostro. Fue un momento de mucho miedo. En la clínica, en medio de todo eso, una mujer me acarició la frente.
No recuerdo su nombre. Pero sí recuerdo perfectamente esa caricia.
Otra escena: Mar del Plata. Una escollera. Frío. Yo pescando con un grupo en el que, en realidad, no me sentía parte. Bastante solo.
En un momento, la hermana de un amigo se acerca y me dice:
—¿No tenéis frío?
Y me acaricia la espalda.
Fue un gesto simple. Pero no fue menor. En ese instante, algo cambió. Ya no estaba tan solo.
Con los años entendí algo: no todas las caricias son físicas.
A veces una caricia es alguien que te escucha de verdad.
A veces es alguien que tiene un gesto con vos cuando lo necesitas.
A veces es una acción silenciosa.
Como cuando mi hermano, en unas vacaciones donde yo tenía muy poca ropa, me dejó su campera para que la usara.
Eso también fue una caricia.
Y entonces empiezo a ver esto en lo que hago hoy.
Cuando acompaño a alguien en Focusing, siento que —en el fondo— estoy ofreciendo algo de eso. No una técnica solamente. No un método.
Una presencia que acaricia.
Una forma de estar con el otro sin apurarlo, sin invadirlo, sin querer cambiarlo. Solo estando ahí, ayudándolo a escuchar lo que su propio cuerpo ya sabe.
Porque hay partes nuestras que siguen esperando eso.
Un poco de atención.
Un poco de suavidad.
Una caricia.
Y algo más: también podemos aprender a dárnosla nosotros mismos.
Cuando nos detenemos un momento…
cuando dejamos de exigirnos…
cuando en vez de empujarnos, nos acompañamos…
ahí también hay una caricia.
Tal vez no lo llamamos así.
Pero el cuerpo sí lo reconoce.
Y afloja.
Y respira distinto.
Y, por un momento, todo se siente un poco más en casa.
Te dejo una pregunta, si te resuena:
¿Hace cuánto no recibís una caricia… de las que de verdad se sienten?
¿Y hace cuánto no te das una a vos mismo?
Capaz hoy puede ser un buen momento para empezar.
Dedicado a todos los que, en algún lugar, siguen necesitando una caricia.
“Hay algo en vos que no pide explicaciones… pide ternura.”
Reflexiones sentidas
Diego Cuenca | Counselor & acompañante en Focusing
Acompañando desde la experiencia
Comentarios
Publicar un comentario